U k i N e t
La auténtica Odessa


PREFACIO

«Han aplaudido la invasión de Noruega y de Grecia, de las repúblicas soviéticas y de Holanda: no sé qué júbilos elaborarán para el día en que a nuestras ciudades y a nuestras costas les sea deparado el incendio. Es infantil impacientarse; la misericordia de Hitler es ecuménica; en breve (si no lo estorban los vendepatrias y los judíos) gozaremos de todos los beneficios de la tortura, de la sodomía, del estupro y de las ejecuciones en masa.»

JORGE LUIS BORGES, revista Sur,
Buenos Aires, diciembre de 1941

Desde el fin de la segunda guerra mundial, la existencia de una organización clandestina dedicada a facilitar la fuga de criminales de guerra nazis ha sido el tema de innumerables artículos de prensa, documentales, novelas y películas. En algunos de estos trabajos se afirma que varios miembros destacados del III Reich escaparon a la justicia cruzando el Atlántico a bordo de submarinos. Ciertamente, en Argentina, donde vivo, hay muchos testigos presenciales que refirieron como hombres visiblemente nerviosos, con uniforme nazi, desembarcaron de lanchas de goma en la costa de Patagonia al final de la guerra. Grandes cajones atestados de oro nazi y archivos secretos de Hitler fueron desembarcados, al parecer de noche, en playas azotadas por el viento y transportados a través del continente hasta escondrijos seguros en las faldas de los Andes. Según los relatos más fantasiosos, Hitler pasó sus últimos días en el sur de Argentina, donde estaría enterrado; y su lugarteniente, Martin Bormann, se estableció cercano a él como terrateniente, primero en Chile, luego en Bolivia y finalmente en Argentina.

Pero ninguno de estos exóticos relatos ha alimentado la imaginación colectiva tan intensamente como la novela Odessa, del autor británico de bestsellers Frederick Forsyth. El libro relata las actividades de un grupo de ex miembros de las SS unidos en una organización secreta llamada Odessa (Organisation der jehemaligen SS-Angehörigen) cuyo objetivo no era sólo rescatar a sus camaradas de la justicia de la posguerra, sino fundar un IV Reich capaz de hacer realidad los sueños que Hitler no logró ver cumplidos. Gracias a una exhaustiva investigación, y a su propia experiencia como corresponsal de la agencia Reuter en los primeros años de la década de 1960, Forsyth escribió una novela que no sólo resultaba verosímil, sino que contenía muchos datos auténticos. Desde su publicación hace treinta años, la existencia de una «auténtica» Odessa ha sido ardientemente defendida por algunos periodistas, y desestimada por muchos acádemicos.(1)

Perón y Eva con los cardenales Caggiano y Ruffini, Rosario, 29 octubre 1950. (AGN)
Sin embargo, durante la última década, la constante y progresiva desclasificación de documentos secretos en Estados Unidos y Europa ha hecho posible contrastar los fantasiosos relatos sobre la supervivencia de Hitler, y la más verosímil novela de Forsyth, con la dura piedra de la verdad histórica. La imagen que surge no es necesariamente la de un Führer senil, chocheando beatíficamente en las estribaciones de los Andes atendido por fieles servidores nazis. Ni siquiera incluye alguna organización llamada realmente Odessa, pero no por ello deja de ser una imagen siniestra que apunta a la existencia de una verdadera red organizada para la huida de nazis. Los documentos revelan que la «auténtica» Odessa fue mucho más que una organización cerrada, nutrida exclusivamente por nazis nostálgicos; estaba formada por anillos concéntricos de elementos no nazis: instituciones vaticanas, servicios de inteligencia aliados y organizaciones secretas argentinas. Estas facciones coincidían asimismo en puntos estratégicos con criminales de guerra de habla francesa, fascistas croatas e incluso con miembros de las SS como los de la Odessa ficticia, todos unidos en el objeto de rescatar a los malignos secuaces de Hitler.

Eichmann, en su solicitud de pasaporte a la Cruz Roja, 1950. (ICRC)
Pero en Argentina, el rastro de Odessa se desdibujaba y corría el riesgo de esfumarse por completo. Ese rastro conducía al escritorio presidencial del general Juan Perón y, por lo tanto, podía presumiblemente mancillar la imagen de su adorada esposa Evita, que, incluso hoy en día, sigue siendo venerada con devoción por sus compatriotas. Tras las tardías revelaciones del papel de Suiza como refugio para el oro nazi, no sorprendió que Argentina tratase de desdibujar los hechos. En un alarde propagandístico, en 1992 el gobierno peronista del entonces presidente Carlos Menen anunció la apertura de los «archivos nazis» de Argentina. La prensa internacional acudió a Buenos Aires, ansiosa por descubrir la verdad que se ocultaba tras los viejos rumores del secreto flirteo de Perón con Hitler. Pero no se encontraron tales revelaciones. En lugar de ello, el gobierno presentó una triste colección de raídos expedientes de «inteligencia», que contenían mayormente amarillentos recortes de prensa pero escasa información valiosa. El expediente de Bormann, quien en realidad jamás sobrevivió la caída de Berlín, incluía un artículo en el que se afirmaba que había sido trasladado a Argentina a bordo de un submarino. Significativamente, se hallaba ausente el expediente de Adolf Eichmann, el forjador de la «Solución Final» de Hitler y el más notorio de los criminales de guerra nazis que realmente llegó a Argentina (bajo los auspicios de la Iglesia Católica y de la organización de Perón para el rescate de nazis). Los expedientes provocaron una gran decepción al periodismo, mientras los académicos respiraban aliviados, ya que la falta de pruebas parecía corroborar el creciente consenso entre ellos respecto a la inexsistencia de Odessa, como así de su tesis que los nazis organizaron su huida individualmente y que llegaron a Argentina por separado sin ayuda organizada alguna.


Uki Goñi en el archivo de Migraciones. (Ricardo Ceppi)
La esperanza de desenmascarar esta charada, tan poco convincente para algunos, tan conveniente para otros, agregó a mi impulso cuando en 1996 decidí buscar pistas sobre el pasado «nazi» de Argentina. Intuí, correctamente, que había una abultada cantidad de material que aguardaba ser descubierto. De haber existido una «auténtica» Odessa, estaba decidido a encontrarla.

En Buenos Aires, gran parte de la más importante documentación fue supuestamente destruida en 1955, durante los últimos días del gobierno de Perón, y de nuevo en 1996, cuando, al parecer, se ordenó la quema de los expedientes confidenciales de Migraciones que registraban el desembarco de los principales criminales nazis. Pero las tentadoras pistas que afloraban en otros archivos argentinos, que milagrosamente sobrevivieron a estas purgas, me encaminaron primero a Bélgica, donde encontré información vital sobre una verdadera organización similar a la tan persistentemente negada Odessa, información que milagrosamente había permanecido fuera del alcance de los exterminadores de documentos argentinos. Desde Suiza recibí centenares de páginas de documentos gubernamentales, en los que se detallaba la cooperación de funcionarios suizos antisemitas en la huida de nazis organizada por Perón. En Londres, la paciente indagación en documentos británicos de posguerra dio finalmente su fruto, al revelar la directa complicidad papal en la protección de los criminales de guerra. Los documentos que pedí a Estados Unidos, acogiéndome al Acta de Libertad de Información, demostraron que el principal organizador de la huida de los nazis en nombre de Perón había sido, en realidad, un agente secreto de las SS, enviado desde Berlín en 1945 en una misión que se preveía que empezaría recién después de finalizada la guerra. Los documentos desclasificados de la CIA explicaban como el oro robado a las víctimas serbias y judías del régimen títere nazi de Croacia fue a parar a Argentina a principios de la década de 1950.

Por increíble que parezca, a veces resultó más fácil acceder a los lejanos archivos de Estados Unidos y Europa que a los argentinos. Mi trabajo en Argentina avanzaba con una lentitud exasperante, entorpecido por la pasividad de los funcionarios gubernamentales, y por la negativa a ser entrevistados de los supervivientes que participaron en la operación de rescate de nazis. Pero una cosa estaba clara: el encubrimiento había sido tan completo que en cada país sólo quedaban fragmentos del rompecabezas. Hizo falta unir y comparar los datos disponibles en Bruselas, Berna, Londres, Maryland y Buenos Aires. Fue una labor titánica que me obligó a conseguir copias de miles de páginas de documentos, catalogar e indexar esta gran masa de información, trabajando a la vez en cuatro idiomas diferentes (francés, alemán, inglés y castellano), para lograr entender el conjunto. E incluso esto resultó insuficiente, porque el ensamble de toda esta información igualmente dejaba enormes lagunas que hubieron de completarse con unas doscientas entrevistas personales. Esto significó seis años de intenso trabajo. Pero finalmente, por primera vez, las piezas dispersas del rompecabezas de la operación de rescate de los nazis terminaron por encajar y permitieron que se vislumbrara el complejo y espantoso panorama.

El capitán SS Carlos Fuldner en su pasaporte alemán, 1935. (MRE)
Yo lo ignoraba al abordar la labor, pero algunas piezas de ese rompecabezas las había tenido casi literalmente frente a mi puerta desde siempre. Sin saberlo, al mirar por la ventana de mi apartamento, durante años había estado viendo pasear por la acera al nieto de Fritz Thyssen, el magnate de la industria alemana que financió el ascenso de Hitler al poder en la década de 1930. Cuatro puertas más abajo, junto a la residencia del embajador suizo, está el chalet en el que vivió el capitán de las SS Carlos Fuldner, el agente de Himmler que coordinó la principal ruta de huida nazi y que protegió a Eichmann, entre otros. Era como si hubiera estado en Berlín, Munich o Viena. Pero no: estábamos en la tranquila zona de las embajadas de Buenos Aires. La calle sigue ignorado su siniestro pasado. Tampoco yo era consciente de la presencia del notorio vecino cuando, de niño, en la década de 1960, pasaba en bicicleta frente a la casa de Fuldner. ¡Qué gran oportunidad perdida para haberlo entrevistado!

Las lujosas casas y las elegantes y sinuosas calles del barrio de Palermo Chico desmienten la creencia de que los colaboradores de Hitler estuvieron poco menos que condenados a vivir en la miseria durante su largo «exilio» en Argentina. La mayoría podía presumir de vivir en los lugares más selectos en una ciudad que, con razón, se enorgullecía de ser «el París de Sudamérica». Algunos, como Fritz Thyssen, que murió en Buenos Aires en 1951, lamentaron haber ayudado al nazismo. El magnate tuvo un enfrentamiento con el Führer y pasó gran parte del último período de la guerra en campos de concentración alemanes. Otros, como Fuldner, mantuvieron su lealtad a la causa mucho después de la muerte de Hitler.

Desde mi ventana, al otro lado de la avenida, casi puedo ver la atractiva casa de ladrillo rojo donde hasta no hace mucho vivió Thilo Martens. Éste era un millonario alemán que introdujo ilegalmente en Argentina las modernísimas radios que utilizaban los agentes de Hitler para comunicarse con Berlín. Después de la guerra, Martens habría gestionado transferencias de dinero para algunos de los más notorios nazis que huyeron a Buenos Aires con la ayuda de Fuldner. Pero su pasado nazi no impidió que el anciano colaboracionista fuese secuestrado por los generales de la dictadura genocida que gobernó Argentina durante el período 1976-1983, quienes se embolsaron una parte sustancial de su fortuna.(2)

Unas cuantas manzanas más allá, en un moderno y confortable edificio de apartamentos, vivió otro capitán de las SS, Siegfried Becker, hacia 1943. Hay razones para pensar que fue el más astuto y eficaz agente de Himmler en el hemisferio occidental. Durante la guerra urdió con Perón el derrocamiento del gobierno pro-aliado de la vecina Bolivia. Posteriormente, parece que ayudó a canalizar fondos nazis a Argentina.

Finalmente, un poco más arriba de la casa en la que vivía Becker, residía el hombre que insufló vida a la ruta de huida de los nazis, el mismísimo coronel Perón. El hombre fuerte de Argentina compartía su lecho con una muchacha de 14 años, recordada en la actualidad sólo por el sobrenombre que le impuso el propio Perón: «Piranha». En 1944 entró en escena Evita, que echó de la casa a la adolescente.

El Sunday Times de Londres, 23 junio 1996.
Yo no sospechaba nada de todo esto a mediados de 1996, cuando el Sunday Times de Londres me llamó para pedirme una nota. Había sido una semana tranquila en el resto del mundo y los editores del periódico precisaban alguna noticia de color para su sección internacional. Yo les ofrecí la habitual temática argentina: escándalos políticos, nuevos giros en el litigio por las islas Malvinas y ancianos generales de las décadas de 1970 y 1980 desfilando por los tribunales afrontando nuevas acusaciones por antiguas violaciónes a los derechos humanos. Pero la británica voz que me llegaba desde el otro lado de la línea no pareció muy interesada en estos temas.

«Bueno... y también está el pasaporte de Bormann en Patagonia» -dije, esperanzado que el editor decidiría que no había nada que valiera la pena desde mi rincón del mundo.

Cuán equivocado estaba. Aquel fin de semana el Sunday Times publicó un extenso artículo titulado «Se reabre el expediente Bormann tras el hallazgo de un pasaporte». En el artículo yo informaba que había aparecido un pasaporte uruguayo en el sur de Chile, expedido a nombre de Ricardo Bauer, uno de los alias supuestamente utilizados por el lugarteniente de Hitler durante su huida a Sudamérica. Resultó ser un incierto comienzo para la investigación que daría como resultado este libro, ya que dos años después una prueba de ADN realizada con un cráneo encontrado en Berlín demostró que Bormann murió huyendo del búnker de Hitler durante los últimos días de la guerra. Sin embargo, tantear el misterio Bormann me dejó clara una cosa: no había disponible ninguna investigación fehacientemente documentada sobre el lado argentino de la ruta de huida de los nazis.(3)

Tenía mis propias razones para comenzar a indagar. Hacía demasiado tiempo que era consciente de un silencio que equivalía a una clamorosa presencia en Argentina, un país que, dolorosa y reiteradamente, ha fallado la prueba de mirarse al espejo. Todo argentino lleva consigo una falsa versión de la historia del país, modelada a su conveniencia. Hay una versión para el peronista intransigente; otra para el católico nacionalista; una para las víctimas de las matanzas del período 1976-1983; otra para aquellos que cerraron los ojos ante aquel horror.

Mientras escribo esto, a mediados del año 2002, el país atraviesa otra más de sus cíclicas crisis, en esta ocasión representada por un colapso económico de proporciones sin precedentes. La actual tormenta ha sumido por debajo del nivel de la pobreza a más de la mitad de la población de un país que hasta hace poco era de una clase media bastante acomodada. También en esta crisis ha influido el silencio. El colapso ha sido provocado por la fuga del país de decenas de miles de millones de dólares fraudulentamente adquiridos por una infinitamente corrupta clase política, secundada por serviciales financieros, sin que casi nadie haya sido condenado por un igualmente corrupto poder judicial. Pero de todos estos silencios no hay ninguno tan ensordecedor como el que rodea a Perón, a la Iglesia Católica y a los nazis a los que ayudaron huir de la justicia. Si este sector del muro pudiera agrietarse, pensé, entonces los argentinos se sentirían más animados a escarbar otras partes del edificio.

Cuando nací, en 1953, en Washington, donde mi padre estaba destinado como diplomático argentino, la esposa del vicepresidente de Perón comentó que, puesto que yo había venido al mundo el 17 de octubre -aniversario del alzamiento popular de 1945 que catapultó a Perón a la presidencia- debían bautizarme Juan Domingo, en honor al Líder. Me libré de tal condena, a pesar de que cualquier sugerencia procedente del palacio presidencial de Perón, la Casa Rosada, pesaba lo suyo por aquella época. La conciencia de esta pequeña interferencia al principio del camino me dejó en alerta permanente durante los extraños años que siguieron.(4)

En 1955, Perón fue depuesto por un grupo de generales derechistas, fanáticamente católicos, que asignaron carteras ministeriales a ex colaboradores del servicio de espionaje de Himmler. A estos generales, a su vez, les sucedieron una serie de represivos regímenes militares que, salvo breves interregnos, sujetaron firmemente con su bota la garganta de Argentina hasta el triunfal regreso de Perón en 1973. En nada mejores que el propio Perón, estos regímenes prohibieron incluso la publicación de los nombres de Perón y Evita en la prensa. Y, sorprendentemente, los periodistas argentinos obedecieron la orden.

Downcrest, McLean, Virginia.
Creciendo en Estados Unidos, lejos del centro de los acontecimientos que conforman este relato, pasé parte de mi infancia en una vieja casona, llamada Downcrest, que mis padres alquilaron al final de una boscosa calle llamada Crest Lane, en McLean, Virginia. La casa, construida a semejanza de un castillo con falsas almenas, aún se yergue sobre el río Potomac hoy día. A finales de la década de 1950, un asiduo visitante era el senador progresista Eugene McCarthy, quien, al igual que su esposa y sus hijos, había intimado con nuestra familia. Los McCarthy y mis padres, pese a proceder de extremos tan opuestos del continente, coincidían en algunos aspectos de su vida privada: ambos habían contraído matrimonio en 1945 y ambos tenían cuatro hijos. Y aunque yo era pequeño, recuerdo que escuchaba a hurtadillas las largas conversaciones que mi padre el diplomático sudamericano y McCarthy el congresista demócrata tenían en el porche de Downcrest frente al Potomac. A veces creo que alguna sabiduría se deslizó hacía mí de aquellos intercambios. Posteriormente, la vida de nuestras dos familias tomó caminos distintos, cuando a mi padre lo destinaron a sucesivas misiones diplomáticas y McCarthy se embarcó en su fracasada pero heroica apuesta por alcanzar la presidencia de Estados Unidos en 1968, dirigiendo una campaña contra la guerra de Vietnam que planteaba profundos interrogantes militares, políticos y morales acerca del papel de Estados Unidos en el mundo.(5)

En aquel mismo 1968, tan plagado de acontecimientos, después de haber pasado unos pocos años en Argentina y en México, me hallé trasplantado a Dublín, donde mi padre fue nombrado al frente de la embajada argentina. Esto fue unos meses luego que asesinaran al Che Guevara en Bolivia. Cada mañana, al abandonar la residencia de la embajada en la comodidad del automóvil diplomático con chófer para asistir a clase en el St. Conleth's College, mi vista se topaba con una gran pintada sobre nuestra acera: «Guevara vive», en letras blancas trazadas durante la noche por revolucionarios irlandeses simpatizantes del Che. De manera no menos inexorable, cada día el personal de la embajada borraba las ofensivas letras. Pasando sobre la reiterada leyenda, me hundía cada vez más en el rojo cuero de las butacas del viejo Jaguar.

Borrar la evidencia constituía un método del que ya entonces desonfiaba seriamente. Durante la investigación para este libro, algunos diplomáticos argentinos arguyeron confidencialmente que la más segura manera de desprender al país de su estigma nazi sería «demostrando» , de una vez por todas, que no hubo colaboracionismo por parte de Perón durante la guerra ni ayuda organizada después para los fugitivos nazis. No estoy de acuerdo. No hay deshonra en reconocer antiguas conexiones con los nazis. La única deshonra sería ser descubiertos manipulando la evidencia. No es preciso borrar la pintada.

El período de 1972 a 1975 lo pasé entre Irlanda y Argentina, sin lograr decidir dónde quería quedarme realmente. Mientras realizaba la lenta transición hacia Argentina, donde al final me establecí, pasé largo tiempo caminando las calles de Buenos Aires, tratando de adaptarme a una sociedad que apenas conocía. Mi llegada coincidió con el regreso de Perón, tras sus dieciocho años de exilio en España. El país se hallaba inmerso en una espiral de irreflexiva violencia, impulsada por la confrontación armada entre jóvenes peronistas terroristas que querían subirse al carro del retorno de Perón y los derechistas escuadrones de la muerte que éste utilizaba para sacudirse a los jóvenes molestos de su anciana espalda.

Durante aquellos largos paseos me tropecé con un perturbador signo de los tiempos al que quizás debería haber prestado mayor atención. En la amplia avenida del Nueve de Julio, que divide Buenos Aires en dos «la avenida más ancha del mundo», según dicen algunos argentinos, se alza un alto obelisco blanco que constituye el monumento más llamativo de la ciudad. En 1974, este monumento perdió su virginidad de la más extraña de las maneras. Se suspendió en torno al obelisco una gigantesca valla publicitaria giratoria, que circundaba amorosamente al gigantesco falo blanco. El anillo giraba y giraba, mostrando un mensaje orwelliano inscrito en llamativas letras azules sobre fondo blanco: «El silencio es salud».

Quedé estupefacto. Con cada giro, el anillo reafirmaba su doctrina, instruyendo a los argentinos en el silencio total que practicarían en los años venideros. En cualquier otro sitio la gente se habría mofado ostensiblemente, pero en Argentina nadie se reía en absoluto. Mis intentos de comentar el anillo con amigos tropezaban invariablemente con miradas en blanco. No tardé en descubrir que el dogma del anillo entrañaba su propio cumplimiento. Se había trazado una línea. Hoy, más de veinticinco años después, sigo recibiendo miradas vacías cuando lo saco a colación.(6)

Tras la muerte de Perón y después del derrocamiento de su esposa y vicepresidenta Isabelita, en 1976, una nueva dictadura militar estableció campos de exterminio de estilo nazi por toda Argentina. Los generales estaban resueltos a defender lo que consideraban el estilo de vida «cristiano y occidental» de la nación. Sus instrumentos preferidos eran la tortura con picána eléctrica y el asesinato en masa. En lugar de enviar a sus víctimas en cámaras de gas, los generales les abrían el estómago y las arrojaban vivas desde aviones militares a las gélidas aguas del Atlántico sur. De ese modo se hundían más rápido.

Bajo el régimen militar, el silencio se hizo asfixiante y presente en todo momento y en todo lugar. Sólo el Buenos Aires Herald, un pequeño periódico editado en inglés para una comunidad británica mayormente conservadora, se atrevía a dar noticias de la carnicería. Yo frecuentaba sus oficinas, en el puerto de Buenos Aires, primero como periodista junior y luego como editor de noticias nacionales.

Las madres demostrando, 1977.
Diariamente acudían las madres de las víctimas a explicar sus tragedias. Hombres con uniformes de color verde habían irrumpido en sus hogares en plena noche y habían arrancado a sus hijos del lecho, llevándoselos a un destino desconocido. Ya no se les volvía a ver. Los secuestradores volvían a veces al día siguiente, pero solamente para llevarse televisores y heladeras; a veces incluso arrancaban las puertas y las cargaban también en sus camiones.

Pregunté a las madres por qué no llevaban su historia a los grandes diarios de habla hispana en Buenos Aires. ¿Para qué molestarse en acudir a un diminuto periódico publicado en una lengua extranjera?

-¡No sea ingenuo! -me respondieron casi riendo-. Ya fuimos, y ni siquiera nos dejaron pasar de la puerta.

Del mismo modo que los periodistas argentinos habían borrado el nombre de Perón de su vocabulario, ahora borraban parte de una generación.(7)

Mis intentos de repetir fuera del Herald lo que había escuchado a las madres chocaron contra una nueva pared, similar a que había imposibilitado mis anteriores intentos de hablar del anillo colocado en torno al obelisco. Incluso los amigos, miembros de mi generación que con sus guitarras cantaban la canción Blowin in the Wind en las fiestas a las que acudía, me respondían con la mirada vacía.

Experiment, en 1978.
Si me olvidaba de las «desapariciones», la vida difícilmente podría haber resultado más espléndida. Los militares obtenían enormes créditos internacionales, desarrollaban las exportaciones, y para el estrato superior de la población la economía iba en auge. Llegó finalmente la televisión en color; las calles se llenaron repentinamente de flamantes BMW; los vuelos a Europa y a Miami iban abarrotados de argentinos con los bolsillos rebosantes de dólares. Rod Stewart visitó Buenos Aires para asistir al Mundial de 1978. Después de los partidos, se rumoreaba que se unía a las personas que bailaban en el sótano de Experiment, una discoteca de moda donde empecé a pasar una gran parte del tiempo que no dedicaba al Herald, en medio de una bruma de gin tonics, mientras las matanzas alcanzaban su cota más sangrienta.

Pero el infierno logró colarse incluso a través del ensordecedor martilleo de la música disco que emitían los altavoces de Experiment. La que entonces era mi novia me confesó en un susurro que su tía había sido raptada por la dictadura. Me lo contaba porque confiaba que yo guardaría el secreto, ya que su familia le había advertido que no se lo dijera a nadie. Le supliqué que les recalcara que la única esperanza de salvar la vida de su tía estribaba en acudir de inmediato a la prensa internacional, antes de que los militares finalizaran su sucia tarea. La familia, sin embargo, mantuvo su política de silencio hasta que ya fue demasiado tarde. Multiplíquen eso por decenas de miles.

Sin embargo, mi recuerdo más aterrador de aquellos años no es el de los generales de mediana edad que ordenaban los asesinatos, sino el del profundo abismo que separaba aun a los miembros más cultos de mi generación del resto de la humanidad. En el período 1976-1983 algunos generales se obsesionaron con la «cuestión judía», especialmente el poderoso jefe de la policía de Buenos Aires, el general Ramón Camps, que pretendía organizar un juicio contra los judíos más prominentes del país con el objetivo de demostrar la existencia de lo que él imaginaba que era una conspiración sionista contra la Argentina «occidental y cristiana». Para ello secuestró a Jacobo Timerman, director y propietario del influyente diario La Opinión. Tras confiscar el diario y torturarle durante meses, las «palomas» del ejército finalmente cedieron a la presión internacional, despojaron a Timerman de la ciudadanía argentina y lo expulsaron del país.(8)

Enfurecido al verse privado de su presa, Camps dio una rueda de prensa en el exclusivo hotel Alvear durante la cual reprodujo las cintas del interrogatorio de Timerman. El propósito de aquella maniobra consistía en probar que Timerman era un «sionista» que pretendía la destrucción de Argentina.

-¿Admite que es judío? -se podía oír gruñir a Camps en la primera cinta.

-Bueno... sí -respondía Timerman con un atemorizado murmullo.

-¡Entonces es sionista! -gritaba Camps.

-Bueno... no lo sé, tal vez -decía Timerman.

Camps ordenó parar la cinta y sonrió triunfalmente a los periodistas allí convocados:

-Ya lo ven: ¡admite que es sionista!

El desvarío del general en el lujoso hotel ante aquel grupo de corresponsales extranjeros no resultaba ni la mitad de aterrador que la compostura de su asistente civil, un joven finamente educado que era el «mejor amigo» en Argentina del escritor británico Bruce Chatwin; una persona a la que Chatwin consideraba poseido de «una cultura y una sensibilidad que en Europa se han extinguido». El asistente resultaba ser también íntimo amigo mío: cuando viajé a Londres en 1980, fue él quien me dio la dirección de Chatwin.(9)

Este joven escritor había tenido dificultades para llegar a fin de mes, y su padre le había conseguido trabajo como asistente de Camps. La escena era surrealista: un intelectual inteligente en todos los demás aspectos (juntos, solíamos estudiar detenidamente ediciones académicas de la poesía de T.S. Eliot), apretando el botón de reproducción del interrogatorio forzoso del principal periodista judío argentino por parte de un general salvajemente antisemita.

Esperé el final de la rueda de prensa y le hice una señal con la cabeza a mi amigo, invitándole a tomar una taza de café en el hotel. Estaba sonriente, emocionado por el gran número de periodistas que se habían presentado, y completamente inconciente del oscuro significado del papel que acababa de representar.

-Tienes que dejar este trabajo -le dije sin rodeos.

-¿Qué?... ¿Por qué?

-Mira, un día habrá aquí un proceso de Nuremberg, y tu nombre va a quedar asociado al de ese general demente.

-¡No! Es amigo de mi padre. ¿Eso piensas? Yo no -me dijo, mientras removía el café con una cucharilla de plata.

Fue imposible insistir en el tema. Nuestra amistad se desvaneció años después, cuando intenté sacar a colación el recuerdo de aquella estrafalaria rueda de prensa y me tropecé con el mismo muro de silencio intacto después de todos aquellos años.

Los argentinos siguen careciendo de una clara comprensión de la generalizada ceguera moral que permitió a la dictadura de 1976-1983 llevar a cabo sus espantosas operaciones de exterminio. Casi en la misma medida, el país sigue sin entender cómo en 2002 la sociedad más igualitaria de Latinoamérica se ha sumido de pronto en un caos de proporciones apocalípticas, destrozada por la corrupción generalizada y con el espectro de la hambruna amenazando a una tierra conocida históricamente como el «granero» del mundo. Puede que hayan de transcurrir muchos años antes de que tal comprensión resulte posible. Entretanto, las claves sobre el origen de ese pasado horror del exterminio en masa, y de la actual corrupción galopante, puedan encontrarse en el (aún negado) cierre de las fronteras argentinas para los judíos al principio del Holocausto y en la cálida acogida que se dispensó a los nazis poco después.

UKI GOÑI
Buenos Aires, 2 de julio de 2002


LA AUTÉNTICA ODESSA: La fuga nazi a la Argentina de Perón
Uki Goñi, Editorial Paidós, Barcelona - Buenos Aires, 2002

    1. The Odessa File, Frederick Forsyth, Viking, 1972, (trad. cast.: Odessa, Barcelona, Plaza & Janés, 1998). Odessa está conformado por las iniciales de Organisation der chemaligen SS-Angehörigen (Organización de ex miembros de las SS).

    2. «La conexión Zurich», Rogelio García Lupo, Clarín, 22 de noviembre de 1998.

    3. A pesar de la evidencia, no faltan quienes todavía sostienen que Bormann murió realmente en Argentina en 1972 y que sus restos fueron trasladados a Berlín, enterrados en el lugar en el que se le vio por última vez con vida en mayo de 1945, para que fuese encontrado «por casualidad» por una brigada de obreros de la construcción en 1973, y luego sometido a las pruebas de ADN para certificar la versión oficial en 1998. Así, creen algunos, la coartada de Bormann sería perfecta.

    4. Carta de Duilia Fayó Teisaire a la madre del autor, de octubre de 1953. El nombre completo de Perón es Juan Domingo Perón.

    5. Para más información sobre los McCarthy y los Goñi, véase Private Fates, Public Places, Abigail McCarthy, Nueva York, 1972, Doubleday and Company.

    6. El anillo pretendía advertir a los motoristas en contra el uso abusivo de la bocina. Fue una idea de Oscar Ivanissevich, quien, en 1949, como ministro de Educación de Perón dirigió una dura campaña contra «el morboso... perverso... e infame arte abstracto». Este funcionario nacionalista, extremista y reaccionario, volvió a desempeñar la cartera de Educación tras el regreso de Perón al poder en los años 70. Véase, «Aquel perverso arte abstracto» , por Ramiro de Casasbellas, La Nación, 1 de octubre de 1999.

    7. Para un detallado relato de los años del autor en el Herald, véase Judas, el infiltrado, Uki Goñi, Buenos Aires, 1996, Sudamericana.

    8. Prisoner Without a Name, Cell Without a Number, Jacobo Timerman, Nueva York, 1981.

    9. Bruce Chatwin, Nicholas Shakespeare, Londres, 1999, The Harvill Press.

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